La semana pasada vi (con dificultades para contener mi molestia) el pésimo reportaje de Informe Especial sobre Puente Alto. Una pobre indagación. Una farsa del “estar ahí” etnográfico, pues metodológicamente hablando, no se puede “estar ahí” en brazos del GOPE. Recordé algunos encuentros míos con esa comuna. Uno bien frecuente: visitas a mi madre, mi abuela y mis hermanos, su mujer y mis queridos sobrinos que viven allí. Otro: estando de consultor en Quito vi por cable, ya el año 97 y con espanto, cómo las casas de algunas poblaciones de viviendas sociales de Puente Alto eran "plastificadas" para capear los temporales “COPEVA”. Casas idénticas a la de mis familiares, la casa misma de mi abuela. Me acordé también de la rabia que sentí años atrás, tras leer una columna de Gumucio en The Clinic, en la cual daba cuenta del desagrado que le causó tener que pasar en su auto por Puente Alto rumbo a Pirque, donde unos familiares suyos, de la farándula por cierto, celebrarían su matromonio. Vino a mi recuerdo la carta de una puentealtina que indignada y ofendida reprochaba a Gumucio su afrancesada delicadeza. Le decía, eso sí, que los habitantes de su comuna disfrutaban de buenas vistas de la Cordillera, de la música de El Raco y del aire más puro de la contaminada Región Metropolitana. Recordé también a un señor que hablaba ante las cámaras de la televisión, sentado en una piedra donde se puso a divagar, que el tubo de gas (¿se acuerdan?) no podría pasar por "su" tierra, ya que un árbol que se esforzaba en mostrar había sido plantado por su padre "treinta años atrás". Por eso, a su juicio, mejor que el gaseoducto aquel pasara "por ejemplo por Puente Alto" (¡). No me faltó memoria tampoco para recordar que aquel "conflicto ambiental" (o paisajístico) se apaciguó de pronto con la donación de un millón de dólares para la creación de una Fundación, de tal modo que el tubo fue instalado justo donde ese señor decía que no iba a estar (el precio del añoso árbol paterno no era, como se ve, menor). Por fin, pensé en Gabriel Salazar, quien invita a reconocer que la segregación radical gestada en los noventas incubó una “transición por debajo” pero también un “reventón popular por dentro”, ambos claroscuros de esperanza y dolor social que a veces se expresan en violencia mutual, en autodestrucción y en una -hasta ahora- pobremente interpretada "nueva realidad social". Por el momento una cosa es clara para mí: la pesquisa enferma del rating y el sensacionalismo periodístico hacen presa fácil de los medios cuando sus gestores y "rostros" carecen, como en este caso horrible de estigmatización, de imaginación sociológica y densidad interpretativa. Más cuidado, más cuidado, más cuidado con la TV.
jueves, 5 de junio de 2008
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